Las obras para el estacionamiento de San Esteban en Murcia están sacando a la luz los restos arqueológicos del pasado musulmán de la ciudad.
sábado 22 de agosto de 2009
martes 7 de julio de 2009
Baracoa ‘in itínere’
Pese a que la historia posterior de Robertico como pintor una vez que se marcha a París con la dulce Marilín (una de las ocho hijas de la madame conocida como Nena Chica) queda bastante desdibujada, la novela tiene grandes bazas, entre ellas su estilo, salpicado de palabras dialectales del cubano, y sus diálogos con chispa y el toque justo de ingenuidad. A fin de cuentas, el protagonista adopta el punto de vista que tenía en su niñez.
Una lectura con la que pasé un buen rato, con un cierto realismo mágico libre de la grave maestría de, por ejemplo, ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.
miércoles 24 de junio de 2009
Sin noticia de una motorista arrollada
Cuando se detuvo el autobús pensé que un semáforo se había puesto en rojo. Tenía la vista clavada en las páginas del libro que estaba leyendo (‘Últimas tardes con Teresa’, de Marsé, que vuelvo a visitar después de algunos años). La mujer que estaba sentada a mi lado se removió en su asiento y fue entonces cuando emergí de las aventuras de Manolo Reyes, el Pijoaparte, y Teresa Serrat en esa Barcelona veraniega y promisoria de 1956. En la parte de delante del autobús se habían agolpado muchos de los viajeros, que miraban por los grandes cristales de las ventanas a algo que estaba en la carretera. De pronto, un sordo murmullo colectivo empezó a aletear en boca de algunos pasajeros, y capté palabras como ‘cruce’, ‘casco’ y ‘moto’. Desde mi posición en la zona trasera del vehículo, aun detenido pero con el motor en marcha, busqué con la mirada el origen de los cuchicheos. En la acera del cruce que había ante el autobús vi una moto aparcada sobre su caballete. Los coches procedentes de Murcia nos adelantaban por el carril izquierdo. Al otro lado de la carretera, una mujer con gafas de sol que salió de un comercio sacaba su teléfono móvil y hacía una llamada. Giré otra vez la cabeza y atisbé una larga caravana de tráfico que comenzaba a formarse en la estela del autobús.
Al poco, éste se puso de nuevo en marcha, pasándose al otro carril para sortear el obstáculo que impedía el avance. Tres, cuatro veces, el autobús de línea dio marcha atrás, frenó y todos rebotamos mínimamente. Una vez enfilado para seguir camino, con la permisividad de otros conductores que venían detrás, comenzó a acelerar y a dejar a mano derecha el objeto que impedía el paso. Lo primero que vi por la ventana fue una gran mancha blanca sobre el asfalto, que se extendía por debajo de las ruedas de un coche cuyo parabrisas se había hecho añicos en el lado del conductor por un impacto sobre el cristal. Cerca, una bolsa de un supermercado y una barra de pan tiradas en el suelo. El autobús aumentó la velocidad y lo último que pasó ante mis ojos del accidente fue una motorista con el casco puesto tendida sobre la calzada, con la piel de una palidez notoria y los ojos cerrados. El asfalto debía arder en esos momentos, las 14.30 horas aproximadamente de un caluroso día como hoy. Otra mujer le acariciaba con los dedos las mejillas. No podría decir si estaba inconsciente, si sólo no se podía mover u otra cosa peor. No me la he quitado en todo el día de la cabeza, desde que el autobús pasó junto a ella para llevarnos a todos a nuestras casas, puede que algo impresionados, pero no muy concernidos por lo ocurrido. No muy apelados por la herida inmóvil de la carretera. En la página ‘web’ del 112 no han dicho nada de ella, ni en laverdad.es o laopiniondemurcia.es. Seguramente había hecho la compra, quizá también había trabajado esta mañana, y volvía a su casa. Tampoco he evitado pensar en si tiene hijos. De ser así, espero que finalmente haya vuelto con ellos. Con magulladuras, pero a salvo.
domingo 21 de junio de 2009
La pura realidad del golpe
La Verdad | Sábado, 20 de junio
‘Anatomía de un instante’, de Javier Cercas (Random House Mondadori)
En el libro de Javier Cercas nos topamos constantemente con simetrías y paradojas que se remontan –a la vez y en dos direcciones– al origen y el alcance de la obra: es, junto a pocos (aquí señalaría Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte), uno de los artefactos literarios recientes más logrados en términos absolutos del panorama narrativo español, y nace tras el fracasado proyecto de escribir una novela funcional del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
Desde el comienzo, Cercas clarifica que Anatomía de un instante no es una ficción, ni un ensayo histórico. Según confiesa, la asonada militar y la toma del Congreso de los Diputados en el día de la segunda vuelta de la votación presidencial de Leopoldo Calvo Sotelo le reclamaban una novela. Con humildad y soberbia a un tiempo, renunció a tratar de enriquecer por la vía de la invención la realidad del golpe y pasó a contar lo que sabía para desentrañar los sentidos de un instante atónito (como lo tildaría el faulkneriano Juan Benet): ese gesto concentrado de significado inaprensible de un dimitido y saliente Adolfo Suárez que se mantuvo sentado en su escaño mientras a su alrededor silbaban los proyectiles de los asaltante. Un gesto polisémico, más otros dos colaterales, pues, además de Suárez, sólo el vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado y el líder del ya legalizado PCE, Santiago Carrillo, no se refugiaron del zumbido de las balas bajo sus asientos.
Ese gesto individual de heroísmo, de gracia, de autoridad, de rebeldía, de desquite, de derrota, de victoria, de personificación de la democracia y de otros interpretables, es el arranque y la meta –en medio, un imbricado e híper-documentado itinerario circular– de la crónica escrita más aproximada del golpe: desde la placenta en la que se gestó a su final frustrado. Así, el autor de Soldados de Salamina hace lo más difícil. Su planteamiento: «Nada de lo que yo pudiera imaginar sobre el 23 de febrero me atañía y me exaltaba tanto y podría resultar más complejo y persuasivo que la pura realidad del 23 de febrero». Su consecución, ser ya un título ineludible, un clásico instantáneo, sobre el momento más comprometido de la democracia en España.
miércoles 17 de junio de 2009
La ‘Surprise’
Hace años pasé muchas horas a bordo de la HMS Surprise, en compañía del capitán Aubrey y el doctor Maturin. Fue durante el tiempo en que leí los veinte tomos de las aventuras de este dúo que escribió el ‘irlandés’ (luego se vio que tenía poco de la tierra de Eire) Patrick O’Brian. Además, en el cine navegué en esa nave gracias a la película de Peter Weir con Russell Crowe. Ayer vi un modelo de este hermoso navío en la muestra de modelismo naval ‘Julio Castelo Matrán’ que acoge el centro cultural Las Claras en Murcia. Junto a maquetas de la Victory, el Santísima Trinidad y el San Juan Nepomucemo, la Surprise comparte lugar con otros protagonistas de la batalla naval de Trafalgar. En su cubierta siguen navegando alguno de los sueños que ya surcaban el mar de los Sargazos en el tiempo de compulsiva lectura de la colección de O’Brian. Quizá no se materializaron la mayoría; sin embargo, tener ante los ojos una reconstrucción de la Surprise –un buen barco, no hay elogio mayor en el mundo marino— ha sido el grato reencuentro inesperado con muchos de esos viejos sueños.
miércoles 10 de junio de 2009
Lo imprevisto
Como la primavera floreciendo en una obra, lo inesperado se presenta desnudo de significado directo. No es necesariamente perjudicial ni beneficioso. Quizá se encuentre en medio de esos dos extremos. Un allegado acusó hoy ese efecto resolutivo o colateral de la gran recesión: el despido. Fue un imprevisto, pues hasta hace una semana le decían que iban a seguir contando con él. Sin embargo, desde el pasado lunes se había tomado otra decisión en contra. Ni malo ni bueno de necesidad, como una llamativa escena urbana en la que germinan las flores de los árboles rodeadas de tubos de plástico, vallas de construcción y adoquines embalados, lo inesperado puede encerrar un sentido más allá del evidente, que al principio se nos escapa. Tras un año trabajando en una empresa, puede que el adiós forzado en el futuro se interprete de forma distinta: hay fuerzas innatas que no retroceden por muy agresivos que sean los embates del entorno.
martes 9 de junio de 2009
Ante el ‘Discóbolo’
He pasado el Día de la Región de Murcia en Alicante, al objeto de visitar ‘La belleza del cuerpo’, la muestra de arte griego cedida por The British Museum al MARQ. Lo mejor de la festividad por la aprobación del Estatuto murciano fue la suerte inédita de no trabajar y alejarme de actos institucionales y el infinito regodeo postelectoral. En lugar de eso, estuve otra vez en el viejo Castillo de Santa Bárbara, desde donde el mar Mediterráneo emerge sin límites como encrucijada de partidas y llegadas, tato de amigos como de enemigos. Luego, admiré las piezas maestras que los ingleses expoliaron del territorio helénico, y que por milagro están tan cerca mía para poderlas contemplar con detenimiento. En 1999 ya vi con compañeros del instituto ‘El Discóbolo’, de Mirón; sin embargo, ¡lo he descubierto ahora en su imponente estatura artística! Hoy me he reconciliado con Europa, con la de verdad, la que cuenta tres mil años de historia. Ésa que conformaron en torno al Mare Nostrum fenicios, micénicos, griegos, macedonios, íberos, lavinios, cartagineses y romanos. El blanco mármol, la honesta terratoca y las deslumbrantes cráteras del ‘continuum’ de las edades griegas me hicieron recordad lo que la añeja palabra Europa significa. Y nada tiene que ver con la votación del pasado domingo ni con sus tan traídos y llevados resultados. Cuando el mundo grecorromano se fue a tomar por saco, dejó un legado de belleza perdurable y apabullante. El 7 de junio, los europeos actuales dimos otro cheque en blanco a buena parte de los mismos tipos atrabiliarios que fomentaron en teoría y práctica la situación crítica por la que atraviesa la sociedad global. Pero si las campanas del Juicio tocasen a rebato un día de estos, estoy seguro de que el resumen de la civilización presente no se aproximaría ni de lejos a esos hermosos tesoros de griegos y romanos.
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